El Caduceo de Hermes

“El primero y básico principio de la fuerza moral y del poder es la asociación y la solidaridad de pensamiento y de propósito”. H.P.B. “Doctrina Secreta”, tomo V, pág. 237.

Uno viene a este mundo queriendo hacer algo en concreto, siente una necesidad, a través de la facilidad o la atracción que le suponen ciertas actividades. Hablamos de vocación, de querer o saber hacer ciertas cosas, en las cuales nos sentimos felices y plenos, útiles y realizados. Cuando nos falta o se frustra la canalización de esa necesidad vocacional, el dolor que se produce en nosotros es un estímulo para seguir buscando nuevos cauces, nuevas expresiones. Uno sabe lo que quiere, lo que sabe y puede hacer y, al mismo tiempo, lo tiene que ir buscando, en la confusión de las oportunidades que se presentan, en la variedad de los senderos que puede llegar a recorrer.

El alimento de la búsqueda se encuentra en los remansos de conocimiento, en las aperturas del horizonte, cuando se descubren nuevas claves, o se divisan perspectivas más amplias, más ricas de matices, que abren a su vez la vía hacia otras encrucijadas y otros horizontes. También en los encuentros, aparentemente casuales, con personas que nos abren las puertas, a las que estábamos llamando, como si estuvieran esperando cumplir en un momento dado ese deber.

La senda hermética serpentea por medio de las ocupaciones de la vida; va conduciendo de manera inexorable hacia la búsqueda de la plenitud, a través de toda clase de descubrimientos, por dentro y por fuera. La Actitud: Cuanto más dentro, más fuera, cuanto más fuera, más dentro.

He comprendido que difícilmente se puede ofrecer algo con sentido al mundo, que es nuestro ámbito de actuación, sin antes haber intuido que hay un camino interior, un sendero jalonado de pruebas, una vía interna.

El camino interior no puede justificar la renuncia a la acción externa, pues hay que probar, de forma concreta, que uno es capaz de los esfuerzos y de los sufrimientos, que uno está preparado para recibir y también para verse privado de las cosas, que sabe lo que es el triunfo y también la derrota, que conoce sus propios límites y a la vez tiene la disposición de ensancharlos, rompiendo las inercias y las impotencias. No se puede acceder al interior

del tabernáculo sin haber demostrado que uno puede apoyarse sobre el espacio que percibe como real, para transmitir lo que recibe de lo invisible. Tampoco se puede dudar, cuando estamos atravesando la sutil frontera entre los dos mundos, pues la duda, acerca del propio poder y sobre el sentido que tiene el sendero, hace que se difuminen los perfiles y es como si se descendiera de un plano más elevado a otro más denso y pesado. Hay que disponerse a caminar por donde otros ya lo hicieron y, poco a poco, encontrar la propia manera de andar, y el ritmo que armoniza con nuestra particular forma de sentir y de percibir las necesidades y los requerimientos.

El hermetismo señala que las apariencias no suelen indicar la realidad, sino que es preciso profundizar más, sin dejarse llevar por la impresión que nos produce una primera apreciación superficial. Las apariencias suelen ser como escudos de defensa con los cuales se protegen los seres humanos individuales y los grupos sociales; obedecen a convenciones, sirven para acallar las primeras inquietudes que puedan manifestarse sobre el estado de las cosas. Hay que aprender a leer entre líneas, detectando otros síntomas, menos evidentes, pero significativos, sobre el estado de las cuestiones y no conformarnos con la primera impresión que nos causan. Sin embargo, con el juego de las apariencias ganamos tiempo la mayoría de las veces, con tal que, cuando las producimos, tengamos claro su alcance, que es siempre epidérmico.

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Hay que estar muy concentrado para alcanzar los fines que uno se propone, logrando una correcta aplicación de los medios. La vida es una continua invitación a distraerse de la propia trayectoria: nos requieren los otros y abdicamos de nuestro viaje para realizar los ajenos, lo cual nos proporciona una coartada que justifica nuestra huida de la propia responsabilidad. Muchas ventajas se derivan de la concentración, en el sentido de la formulación clara y definida de lo que queremos alcanzar. Entre ellas el que si nos centramos en los objetivos de alcance, no creceremos sobre la pequeñez de las cosas y llegaremos a recoger la fuerza de nuestros deseos, de nuestras aspiraciones, proyectándola hacia metas más altas. Sobrevolar los matices demasiado concretos, sabiendo adelantarse a los acontecimientos, ir más allá del ritmo de las cosas y al mismo tiempo ser capaces de entrar en los detalles más pequeños, más prácticos. De esta forma, los árboles nos permiten ver el bosque, sin dejar de verlos a ellos tampoco. Lo que hacemos cada día se encuadra en un conjunto general, que es el sentido y la dirección donde nos llevan nuestros pasos. No hay que perder nunca de vista ese marco general, con el fin de orientar adecuadamente nuestra marcha, sin perder energías ni esfuerzos.

No siempre es evidente el camino que debemos tomar. A veces nos empeñamos en una senda particular y no era la que nos llevaba a nuestro destino. Hay que “entregarse a la corriente de la vida, remando con fervor en nuestra barca, pero sin negar el río que nos sustenta”.

Uno toma en sus manos el caduceo, como Hermes, cuando decide que tiene algo que hacer en el mundo, intervenir en medio del combate que libran las fuerzas contrapuestas y luego dejar que las serpientes de la vitalidad, de la creatividad de la mente, se integren en el caduceo mismo, convirtiéndolo en una vara de poder sobre la realidad. En ese sentido, uno tiene que sentirse irremediablemente identificado con el sendero de Hermes, antes de poder siquiera aspirar a manejar el caduceo, pero, eso sí, cuando la decisión es total, entonces no hay que tener miedo y, aceptando la invitación, tomar el mistérico bastón, para descubrir todos sus secretos, todas sus inmensas posibilidades.

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El Hermetismo ha enseñado siempre técnicas a los hombres, que ha facilitado la manera en que las sociedades se han ido abriendo paso en el largo camino de la vida. Cuando hacía falta encontrar una nueva formulación, una nueva manera de encarar los problemas, una renovada actitud de búsqueda de soluciones, allí aparecía, de una manera o de otra, Hermes, o alguno de sus seguidores. Las cuestiones de siempre, los eternos planteamientos del conocimiento se han ido revistiendo de nuevos enunciados.

El Caduceo es el sentido del continuo movimiento de los seres en la manifestación. Cuando uno encuentra el sentido del propio movimiento, quiere decir que de una manera o de otra está bajo la tutela de este. Hay que estar muy atentos para poder encontrar el “sentido dentro del sentido”. Esto es lo importante y el punto de partida para cualquier otro planteamiento que pudiera hacerse.

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Antecedentes egipcios de la Masonería

 

La lectura de algunas obras referidas a la religión y prácticas esotéricas egipcias tales como “La Mitología egipcia” de Karl Müller y “El Saber Mágico en el Antiguo Egipto” de  Christian Jacq, me llevó a meditar sobre algunas analogías presentes entre las prácticas del ritual, propias la Casa De La Vida, en la cual se iniciaban los sacerdotes egipcios en los Misterios y las características del simbolismo y ritual practicado en nuestras tenidas.

De los datos extraídos de estos libros resulta evidente que en Egipto tenía el templo la forma de un doble cuadrado, en cuyo centro había tres cubos superpuestos en disposición de altar, sobre el cual se colocaban los libros de las Escrituras Sagradas; no las mismas que las nuestras que todavía no se habían escrito.

Los cubos representaban los tres Aspectos o Personas de la Trinidad: Osiris, Isis y Horus, según se infiere de los signos en ellos grabados.

Cruz egipcia

En la entrada del templo había dos columnas y sobre ellas cuadros que representaban la Tierra y el Cielo. Una columna lleva un nombre que signiica “en fortaleza”, y el nombre de la otra quiere decir “establecer”. Este pórtico simboliza el camino que conduce al mundo superior del Amenta, donde el alma se entrefundía con el inmortal espíritu y quedaba así establecida para siempre, por lo que el pórtico era el símbolo de la estabilidad.

En la entrada de la Logia había constantemente dos guardias armados de cuchillos. Al guardián exterior se lo llamaba Vigilante y al interior el Heraldo. Al neófito se le despojaba de la mayor parte de su vestimenta. Luego se le conducía a la puerta del templo, donde se le preguntaba quién era. Respondía que era Shu, el “suplicante” que llegaba ciego en busca de la Luz. La puerta estaba formada por un triángulo equilátero de piedra que giraba en torno de un quicio central.

El neófito al entrar, pisaba un cuadrado, y al pisarlo se suponía que iba pisando y trascendiendo el cuaternario inferior o personalidad del hombre, a fin de desenvolver la tríada superior, el ego del alma.

Luego se le conducía por largos pasillos, y se le hacía dar siete vueltas alrededor de la Logia, en cuyo centro se le colocaba después de haber respondido a varias preguntas, e interrogado acerca de qué quería, se le insinuaba que respondiera “Luz”. En todas estas pruebas había de echar a andar con el pie izquierdo.

Según dice el “Libro de Los Muertos”, si el neófito violaba su juramento se le cortaba el cuello y se le arrancaba el corazión.

Por su parte, el papiro de Nesi-Amsu menciona otro grado en el que se desmiembra el cuerpo y se reduce a cenizas que sobre la superficie de las aguas se esparcen a los cuatro vientos.

En el templo de Khnumu, en la isla de Elefantina, frente a Assuán, hay un bajorrelieve con dos figuras: la del faraón y la de un sacerdote conla cabeza de ibis de Thot (imagen divinizada de Hermes Trismegisto). El Bajorrelieve presentaba una iniciación, y la palabra es maat-heru, que significa “de voz verídica” o “uno cuya voz debe ser obedecida”.

El mallete por aquellos tiempos era de piedra y era un modelo de doble hacha; el mandil era de cuero y de forma triangular. El del primer grado era puramente blanco; pero el de los maestros era de brillantes colores con abundantes joyas y borlas de oro.

En el centro de las logia brillaba la Estrella Flamígera, aunque era de ocho puntas en lugar de seis o cinco. Se la llamaba “Estrella del Alba”o “Estrella de la Mañana” y era símbolo de Horus, el dios de la Resurrección, a quien se presenta con ella sobre la cabeza y como si se la ofreciese a sus discípulos.

La escuadra era muy buen conocida y se la llamaba neka. Se la encuentra en numerosos templos y también en la gran pirámide de Gizah. Según Konrad Menué, escritor de la obra “La Masonería y las Ciencias Ocultas” (otro de los materiales leídos para el trazado de esta plancha), la neka era empleada para escuadrar piedras y también, de un modo simbólicos, para educar la conducta, lo cual se acomoda a la interpretación que los masones hacemos de ella. Construir con la escuadra equivalía a construir para siempre, según las enseñanzas del Antiguo Egipto; y en la egipcia Sala del Juicio, se ve a Osiris sentado sobre la escuadra mientras juzga a los muertos. Así, la escuadra vino a simbolizar el fundamento de la eterna ley.

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Siguiendo la línea conceptual y simbólica de la escuadra, resulta bastante curioso que los descendientes de los negros del Nilo, que hace siglos emigraron de Egipto para establecerse en el África Central, cuando prestan juramento ante los tribunales lo hacen formando una escuadra entre el húmero y el cúbito y radio, formando el vértice en el codo, con el pulgar apuntando hacia la parte media del cuello.

Otro pasaje interesante del Libro de los Muertos es una lámina en la que se muestra a un grupo de iniciados saludando hacia el Sol poniente.

El Libro de los Muertos, como impropiamente suele llamarse, es parte de un manual destinado a servir como una especie de guía en el mundo astral, con varias instrucciones respecto a cómo habían de conducirse las almas de los difuntos y de los iniciados en las regiones inferiores de aquel otro mundo.

En un principio el Libro se mantuvo secreto, si bien con posterioridad se copiaron de él en papiro algunos capítulos para colocarlos en las tumbas de los difuntos.

Los antiguos egipcios admitían siete almas o fuerzas vitales emanadas del Altísimo, a las que los filósofos orientales llaman los Siete Primordiales. Seis de ellas son prehumanas y la séptima es nuestra Humanidad, dada a la luz por la vírgen Neith. Esta interpretación del universo etérico al que pertenece el Alma está representado de manera similar en el Kybalión, una de las primeras herramientas con la que comenzamos a pulir la piedra bruta los masones.

Podría continuar citando similitudes entre las prácticas propias de la Casa de la Vida o Casa de los Secretos del Antiguo Egipto y la Masonería. No hay dudas de que nuestra institución tiene bastantes cosas en común con la civilización del Nilo de hace seis mil años, y ello lo demuestra el hecho de que en el mundo masónico hay uno de los más antiguos rituales existentes.

Debemos admitir que el mero descubrimiento de uno de los símbolos masónicos en los monumentos de la antigüedad no supone necesariamente la existencia de una Logia; pero al menos demuestra que en tan lejanos tiempos pensaban los hombres en el mismo sentido y trataban de expresar sus sentimientos y pensamientos en el mismo lenguaje simbólico con el que hoy día se expresa la masonería.